MIRAR LAS NUBES

Durante todo el año a Irene le encantaba mirar las nubes. Era su afición preferida. Muchas veces soñaba con que sus seres queridos iban volando montados encima de ellas. Incluso se daba cuenta que el día en que moría alguien muy especial, ellas se vestían de negro, tristes por el alma que había dejado la tierra. 
Le encantaba subir a la cima de la montaña e inventar figuras de aquellas formas abstractas, que podían ir cambiando, de un caballo , de repente, se transformaban en dos gatos que jugaban entre sí. 
Cuando iba caminando por la calle, se fijaba en el rumbo que tomaban, parecía que su corazón iba al unísono de la fuerza del viento que las transportaba. Su corazón se aceleraba cuando el viento del norte empujaba los velos blancos y formaba cirros, aquellos pequeños cristales de hielo que hacían que no se distinguieran unos de los otros, sino que un manto de tul la envolvía suavemente. 
Lo que más le llamaba la atención era la perspectiva en el horizonte de cúmulos, aquellas nubes con pinta de algodón de azúcar, divertidas, pero que presagiaban tormenta, si la ayuda del viento soplaba en su dirección.
El día que no hay nubes, Irene echa de menos su afición preferida. Ese día su mente está calmada , pero a la vez ansiosa porque sus amigas vuelvan a aparecer en el cielo.
Cuando las nubes se tornan grises, ambiciosas y llenan de gris y frío el ambiente, la nostalgia y la melancolía se apoderan de ella y entonces su mente se colapsa. La combinación del sol con algunas nubes es lo perfecto, lo sublime, el calor de la luz con el vestido blanco que adornan el color azul. Nunca le ha gustado el color gris, ni siquiera para su ropa. Le gustan los colores que proyectan emociones positivas, pasionales, optimistas. El color gris le produce ansiedad, asfixia, tristeza, ganas de dormir y no levantarse hasta que no vuelva el color azul. 
Cierra los ojos y la única compañía que agradece es el sonido de la lluvia que hace aflojar la taquicardia que nace de su corazón enfermo. 
Es curioso como un cambio de cielo puede afecta tanto a ciertas personas. Una vez escuchó que era culpa del ozono. No estaba segura, pero sin lugar a dudas, culpa de alguien tenía que ser, o quizás culpa de ella misma. 
Irene maduró , creció y comprendió que las nubes se encuentran dentro de uno mismo, independientemente de las que puedan dibujar el paisaje que la envuelven. Una elige si está parcialmente cubierto o definitivamente despejado. Aunque de vez en cuando , mira hacia arriba y le guiña el ojo a aquella figura que puede ser algo especial. 

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