LA LEY DEL MERCURIO.










 Siempre he tenido una especial atracción por el mercurio, encuentro que tiene una singularidad propia de algo fuerte y resistente y a la vez la fluidez del agua, pero con mucha más contundencia. 

A lo largo de toda mi vida he querido poner nombre a las relaciones humanas. Muchas veces me he apropiado de ideas ajenas para poder definir la existencia de emociones entre las personas que me han rodeado y yo misma. Al final, siempre he acabado con una gran decepción porque al final siempre me ha apretado el zapato por alguna parte, o me ha venido grande por alguna otra. 

El otro día mientras iba conduciendo (sí, ya sé que eso es un gran peligro), iba pensando que las personas que más me habían llenado anímicamente eran aquellas que se habían acercado a mí como si se tratara de mercurio, uniéndose a mí sin poder distinguir apenas lo que me diferenciaba de aquel ser y si la vida te daba un vuelco y por cualquier circunstancia se había apartado de ti, aquella pequeña porción mercuriana, una parte suya seguía en tus sentidos, aún sin percibirlo y si por otra circunstancia de la vida se volvían a mezclar esas partículas lo sentías como algo especialmente natural. Sin posesión, sin normas, sin quererlo o no quererlo. 

Me hizo reír en ese momento la idea aquella de personas amarillas, medias naranjas, almas paralelas, hilos rojos... paparruchas. 

Recordé con melancolía aquel autor que hizo introducirme con pasión en la lectura (Hermann Hesse). Leí con atención hace bastantes años un cuento suyo. No recuerdo el nombre. Tampoco me hace falta. En él dos amigos iban paseando por el mundo. Las pocas conversaciones que había entre ellos eran realmente interesante para ellos. Reconocían la belleza y la simplicidad de las cosas que les rodeaban. No necesitaban gran cosa para pasear por el mundo. Un día uno de ellos vio una bifurcación en el camino, uno fue para la derecha y otro para la izquierda. Ninguno de los dos preguntó al otro dónde iba, o por qué no le acompañaba. No se necesitaban, la riqueza estaba dentro de ellos. Ninguno poseía al otro, no existían los celos, ni la venganza, ni el orgullo, ni la envidia, ni la competitividad. 

Pasaron muchos años. Cada uno fue alimentándose de lo que encontraba por su camino. No se añoraban. No se preguntaban qué podía estar haciendo el otro. El mundo es demasiado grande para poner barreras a todo lo que hay por descubrir. 

Un día, en un cruce , coincidieron , siguieron caminando en silencio, el uno al lado del otro. En un momento determinado, el cielo amenazaba lluvia y entonces uno de los dos, que más da, le dijo : "parece que va a llover", "cierto" contestó el otro. Y siguieron caminando en silencio. 

No estoy segura si el cuento era así, o bien de otra manera, pero fue el mensaje que a través de los años me ha quedado. "La ley del mercurio", o formas parte de mí, o eres otra sustancia que nunca se podrá amalgamar a mi esencia. No importa los años que pasen, las experiencias vividas. Y por supuesto no pondré un número exacto de cuantas personas puedan ser de mercurio en mi vida. Simplemente es un pensamiento que salió de mí , mientras conducía.... 

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